El pronóstico apunta a que El Niño 2026 ya estaría presente, con condiciones que tenderían a fortalecerse hacia la primavera-verano de este año. Para Chile, los modelos climáticos citados por medios nacionales indican lluvias sobre lo normal en varias regiones, especialmente durante la primavera, con una intensidad que podría evolucionar desde una categoría fuerte hacia muy fuerte hacia fines de primavera y verano 2026-2027, aunque esto dependerá de la evolución del calentamiento del Pacífico ecuatorial.
En términos prácticos, existe una mayor probabilidad de eventos de precipitación intensa desde julio en adelante, además de temperaturas mínimas más altas en promedio —lo que no descarta la posible ocurrencia de ciclos de frío— y una isoterma cero más elevada, lo que reduce la posibilidad de acumulación nival en la cordillera.
Este tipo de eventos se caracteriza por generar inestabilidad atmosférica, con alternancia de periodos secos y lluviosos, fríos y cálidos. En primavera, esta variabilidad puede tener un efecto negativo sobre la floración, la cuaja y las primeras fases de desarrollo de los frutos, además de representar una amenaza para los cereales, sensibles a la lluvia a partir de octubre.
Cabe destacar que la cantidad de lluvia no depende únicamente de la temperatura del océano, sino también de otras forzantes climáticas, como la Oscilación Antártica, la Oscilación de Madden-Julian y el Índice de Oscilación del Sur, entre otras.
