Aunque las proyecciones climáticas anticipan un invierno más lluvioso que lo habitual, la temporada 2026-2027 de cerezas no estará exenta de desafíos. De acuerdo con Paula Santibáñez, el principal riesgo será la alta variabilidad climática, un escenario que podría adelantar el desarrollo fenológico de los huertos y aumentar su vulnerabilidad frente a eventos como heladas primaverales.
Según explicó, las precipitaciones proyectadas por sobre lo normal llegarían acompañadas de temperaturas más elevadas, incrementando la isoterma cero y favoreciendo un mayor escurrimiento superficial durante el invierno, lo que obliga a planificar con anticipación la gestión del recurso hídrico para la temporada de riego.
En el caso específico del cerezo, Santibáñez señaló que no basta con acumular suficientes horas de frío. También es fundamental que ese frío sea de buena calidad, sin interrupciones provocadas por episodios cálidos, y que las altas temperaturas registradas durante parte del otoño e invierno podrían afectar ese proceso y, posteriormente, favorecer una brotación más temprana, dejando flores y yemas expuestas a heladas.
La investigadora también advirtió que el aumento sostenido de las temperaturas ya está impactando otras etapas del cultivo. Una atmósfera más seca durante floración y cuaja dificulta la polinización, mientras que el estrés térmico en primavera y verano afecta el calibre, la calidad y el desarrollo del color de la fruta debido al incremento de las temperaturas mínimas nocturnas.
Frente a este escenario, destacó que la incorporación de tecnología será clave para anticiparse a los riesgos. Dentro de esto, recomendó la incorporación de estaciones meteorológicas en el propio predio, monitorear horas de frío, porciones de frío y grados días, además de analizar la información histórica del huerto, lo que permitirá tomar decisiones más oportunas en un contexto donde la variabilidad climática continuará aumentando durante las próximas décadas.