Por: Felipe Cáceres P., Gerente General Tierraverde Ingeniero Civil Hidráulico, PUC
En un escenario de inviernos cada vez más variables, la fruticultura enfrenta un cambio silencioso pero decisivo: las horas frío ya no están garantizadas.
Lo que durante años fue un proceso relativamente estable —su acumulación durante la temporada invernal— hoy se ve amenazado por inviernos más templados y eventos cálidos en plena dormancia, obligando a los productores a replantear su estrategia. Porque ya no se trata solo de alcanzar un número objetivo, sino de evitar que ese frío se pierda en el camino.
La acumulación de horas frío ha sido un foco central en la fruticultura, especialmente en cerezos. Sin embargo, la creciente variabilidad climática ha dejado en evidencia una nueva realidad: no basta con acumular frío, es necesario protegerlo.
Estos eventos térmicos pueden revertir parcialmente las horas ya acumuladas, generando brotaciones desuniformes, floraciones extendidas y pérdidas en rendimiento y calidad.
Frente a este escenario, comienza a consolidarse un cambio de paradigma: pasar desde un manejo pasivo a una estrategia de gestión activa del clima a nivel de huerto.
En este contexto, el uso de agua mediante microaspersión sobre la canopia, con bajas tasas de precipitación (0,5 a 1,5 mm/h), está emergiendo como una herramienta agronómica clave. Su uso ya no se limita al control de heladas, sino que también permite modular la temperatura durante el invierno y proteger las horas de frío acumuladas.
El principio es el enfriamiento evaporativo: al aplicar pequeñas cantidades de agua, se genera una película que al evaporarse absorbe calor del entorno, reduciendo la temperatura del aire y de los tejidos vegetales. Esto permite intervenir estratégicamente durante eventos cálidos, evitando superar umbrales críticos —en torno a los 14 °C— donde existe riesgo de pérdida de frío.
En la práctica, cada vez más productores están aplicando agua durante tardes cálidas de invierno para amortiguar estos peaks térmicos. Son intervenciones acotadas y eficientes, orientadas a conservar el frío más que a generarlo.
Desde la experiencia en terreno, en Tierraverde hemos observado cómo este manejo permite mejorar la acumulación efectiva de horas de frío y el comportamiento del huerto en la salida de dormancia, con resultados consistentes en distintas zonas productivas.
A diferencia de los sistemas tradicionales, este enfoque utiliza el recurso hídrico de forma mucho más eficiente, sin generar saturación de suelo ni requerir grandes inversiones. En huertos de cerezos, los costos se sitúan en torno a los USD 4.000 por hectárea, con sistemas simples de instalar y operar, y con la ventaja adicional de ser una tecnología versátil para distintos manejos climáticos.
Si bien los protocolos de aplicación varían según cada huerto, estos ya comienzan a estar definidos y validados en terreno.
La fruticultura moderna enfrenta un entorno cada vez más incierto. En este contexto, la capacidad de gestionar activamente el clima del huerto deja de ser una opción y se transforma en una necesidad.
Porque hoy, gestionar el frío no es solo una ventaja competitiva, es una condición para sostener la productividad.
Anticiparse a estos escenarios y adoptar estrategias de manejo activo será clave para enfrentar las próximas temporadas con mayor certeza y control.
