Diez años en uno

Diez años en uno

Revisa el análisis de la temporada 2023-24, desarrollado por el Ingeniero Agrónomo y asesor en cerezos, Ricardo Miño.

Ya terminando la temporada 23-24, en lo que corresponde a las cosechas propiamente tal, podemos decir con toda seguridad que ha sido un año de tremendo aprendizaje. Sin querer redundar en lo que todo el mundo sabe sobre lo difícil que ha sido y lo complicado que nos ha resultado llegar a buen término.

Nunca, desde que las cerezas se exportan, habíamos tenido tantas condiciones climáticas adversas para la producción. Siempre he planteado que el éxito o fracaso en este rubro depende en un 90% del clima. Nunca fue tan cierto como este año.

Comenzamos con un verano muy cálido y seco, y una alta incidencia de ácaros fitófagos. Luego un otoño demasiado templado, que hizo difícil la entrada en dormancia. En este aspecto, felizmente, nuestra área productiva es muy amplia, y aunque relativamente joven, la zona de Ovalle nos había dado luces de cómo enfrentar estas condiciones, por lo tanto, creo que el haber utilizado una estrategia parecida a la usada allá, en cuanto al manejo del estrés hídrico y el acondicionamiento temprano de las plantas, nos permitió a muchos tener una exitosa y oportuna caída de hojas, con una buena acumulación de reservas y un cierre eficaz de yemas.

Pero el templado otoño trajo otras consecuencias aún peores. La acumulación de frío ha sido la peor de los últimos años. Recordemos que las horas frío son el “combustible” necesario para la metabolización de las reservas.

Además en junio y luego a fines de agosto, ocurrieron dos lluvias muy intensas y sobre todo la última con más de 300 mm caídos en pocos días. Esto desnudó una gran falencia que incidió fuertemente en el desarrollo de nuestra temporada: “La gran mayoría de nuestros suelos no están preparados para recibir tal volumen de agua en tan corta fracción de tiempo”.

Por otra parte, el inicio de septiembre fue bastante frío y con una muy pobre acumulación de días grado. Esto acarreó que los estados fenológicos fueron avanzando lentamente y en muchas ocasiones vimos que entre yema hinchada y ramillete expuesto pasó largo tiempo y luego desde ramillete expuesto a inicio de floración varios días más, entonces nos vimos obligados a aumentar los controles fitosanitarios evitando desarrollo de enfermedades fungosas y bacterianas.

La temporada anterior nos dejó algunas experiencias, puesto que hubo lluvias bastante menores durante agosto 2022, que provocaron que el suelo se mantuviera frío al inicio de la primavera, por lo que tuvimos una tardía reacción de la planta en su crecimiento radicular.

En el mismo año, en variedades como Lapins y Regina sufrimos de grandes mermas por “pasmas” y aprendimos que la planta agotó sus reservas antes de poder absorber nutrientes para solventar toda la carga.

Entonces, para esta temporada 2023-24, dado lo que ocurrió durante agosto y lo frío que venía el inicio de primavera hizo que tomáramos recaudos extras, mejorando y aumentando la fertilización foliar durante la floración y sumado a todos los inconvenientes del invierno nos vimos en la obligación de echar mano a todas las herramientas tecnológicas existentes para asegurar una mayor cuaja. Esto nos llevó a un encarecimiento de los programas y con resultados bastante disímiles, pero que nos permitió sacar conclusiones.

En la zona más temprana, desde inicio de floración, se comenzó a mostrar un fenómeno pocas veces visto. En un mismo huerto teníamos árboles que florecían normalmente y enseguida nos encontramos con algunos donde prácticamente no había floración y luego tampoco hubo brotes. Fuimos encontrando, también, daños en yemas florales, y en casos extremos, daños en yemas vegetativas. Se empezó a conocer coloquialmente como “Yemas tipo Maní confitado”. Al principio se creyó que fue producto de daño por heladas, de cianamida, etc. Puesto que se parecía mucho a lo que provoca una intoxicación por cianamida. Sin embargo, era fácilmente diferenciable de aquel, ya que ocurría en el árbol, tanto en la parte baja, como también en la media o en el tercio superior, pero también fue muy común apreciar que el árbol de al lado no lo tenía y luego el siguiente sí. Era un daño muy irregular, excepto en aquellas zonas que sufrieron anegamientos prolongados o en sectores de huertos más bajos, con suelos más pesados.

Rápidamente fuimos identificando la intensidad del daño y con mayor razón intensificamos también el uso de productos hormonales para retener cuaja y todas las herramientas que tuviésemos a mano para mejorar la retención de fruto. Y además, con el fortalecimiento de las aplicaciones de fertilizantes foliares, nos propusimos disminuir los efectos de la evidente futura pasma. Empezamos a notar que la zona temprana venía con una merma productiva bastante importante y que en la zona media y tardía estas mermas se notaban bastante menos. El daño manifestado en yemas frutales o vegetativas también era menor en aquellas zonas consideradas más tardías o donde la acumulación de frío invernal se llevó de mejor manera.

Con ello, apreciamos tempranamente que las zonas de mala acumulación de frío manifestaban una mayor o menor cuaja de acuerdo al manejo de rompedores de dormancia y sobre todo al tipo de suelo.

En la zona más tardía, en cambio, el daño fue considerablemente menor. Sin embargo, también pudimos observar que si esta zona estaba asociada a un suelo pesado, tuvimos una baja considerable en la producción. Si, por el contrario, el suelo es liviano o la plantación es en plantabandas, la producción es considerablemente mayor.

Las lluvias de noviembre nos hicieron esforzar el triple. El uso de productos hidrofóbicos y estrategias para un rápido secado fueron estériles en gran parte de la variedades tempranas. La lluvia, superior a 40mm, hizo que las plantas absorbiesen agua, la cual llegó rápidamente y sin limitantes a la fruta provocando daños de partiduras apicales y ecuatoriales. Nuevamente la zona más afectada fue la temprana. Las posteriores lluvias fueron menos dañinas, excepto en variedades Bing y Rainier de zona central, que sufrieron igual destino que las variedades tempranas, pero esta vez con la última lluvia de noviembre.

Llegamos a la cosecha y nos propuso un nuevo desafío, principalmente a los de las zonas más dañadas: Entusiasmar a los cosecheros. Entonces hubo que volver a las cosechas realizadas con modalidad “al día” o “semi tratos” y “floreando”, como hace años ya no lo hacíamos. Pero se sacó la tarea, y en la medida que avanzó la temporada, fueron mejorando las condiciones de cosecha, claro que no exenta de dificultades, sobre todo en la uniformidad del color. Otra enseñanza: Usamos distintos métodos y/o productos para homogenizar, algunos más, otros menos.

Como gran y última enseñanza, y a modo de resumen: La falta de frío se puede compensar, en parte, con el uso de las herramientas tecnológicas que tenemos a mano. El uso de las mallas, de los reguladores de crecimiento y homogenizadores nos puede permitir soslayar de buena manera esta falta. De hecho, lo hemos visto ya hace un par de temporadas en la zona norte.

Sin embargo, creo que la gran enseñanza que al menos a mí me deja esta temporada, es que ante una muy mala preparación y muy alta compactación de suelo es difícil poder enfrentar problemas como los visto este año. La tarea principal es mejorar condiciones radiculares, drenar y afrancar zonas bajas y sobre todo, devolver la vida a nuestros suelos.

Creo que aprendí más en este, que en los últimos 10 años.

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